
Una hoja cayó en la olla
El emperador sanador Shennong hervía agua en su jardín y en la olla cayó una hoja de un arbusto de té silvestre. El caldo le gustó. La misma tradición le atribuye el arado y toda la agricultura china.
Blanco, verde, amarillo, oolong, rojo y oscuro: los seis salen de la hoja de un mismo arbusto, la Camellia sinensis. Lo único que cambia es lo que se hace con la hoja después de cosecharla.
baja: la hoja te
muestra la diferencia
La hoja pasa menos de un minuto por calor fuerte para «matar el verde»: en China casi siempre en wok, en Japón al vapor. Las enzimas mueren, casi no hay oxidación y la hoja se queda verde.
El mundo del té verde →El más raro de los seis. La hoja tibia se envuelve en tela o papel y se deja en calor y humedad de uno a tres días. Se va el filo herbáceo, el sabor queda más suave y dulce, y la hoja y la infusión, amarillas.
El que menos proceso lleva: ni «matar el verde» ni enrollado. Los brotes y las hojas se marchitan despacio al aire y se oxidan apenas, solos: de ahí las notas de miel y de heno.
El mundo del té blanco →La hoja se sacude y se hace rodar para golpear los bordes: donde la célula se rompe, empieza la oxidación. Se corta en el punto justo; por eso hay oolongs casi verdes y casi rojos.
El mundo del oolong →En Europa le dicen té negro. El enrollado rompe las células, el jugo se encuentra con el aire y la oxidación se lleva hasta el final: cuanto más dura, más oscuras la hoja y la infusión.
El mundo del té rojo →El único té con fermentación de verdad: trabajan hongos, bacterias y levaduras. El sheng pu-erh envejece solo, durante años y décadas; el shu se acelera en una pila húmeda, de 45 días a tres meses.
El mundo del pu-erh →La hoja se oscurece sola, con su propia enzima, cuando las células se encuentran con el oxígeno. Es lo mismo que le pasa a una manzana cortada que se queda en la mesa. Aplica al blanco, verde, amarillo, oolong y rojo.
45–90días en la pilaShu Puer 熟普洱 →
aquí trabajaron hongos y bacterias
La fermentación en sentido estricto es trabajo de hongos, bacterias y levaduras, sin oxígeno. En el té de verdad solo se da en el té oscuro y el shu pu-erh.
«Oolong fermentado» es costumbre del idioma, no química: la palabra se quedó, pero no es exacta.
En 1973, en Yunnan, estudian el método cantonés de almacenaje húmedo, con el que se imitaba el añejamiento. En 1975 sale el primer lote bueno y de inmediato arranca la producción en serie. La hoja suelta se junta en una pila de casi un metro, se humedece y se remueve: de 45 días a tres meses.

El emperador sanador Shennong hervía agua en su jardín y en la olla cayó una hoja de un arbusto de té silvestre. El caldo le gustó. La misma tradición le atribuye el arado y toda la agricultura china.

En el mausoleo del emperador Jing de Han, cerca de Xi'an, encontraron restos de té con teanina, una sustancia que solo tiene el arbusto del té. Es más antiguo que cualquier texto sobre té; el hallazgo se publicó en 2016.

Lu Yu escribe el «Cha Jing», el «Clásico del té»: tres rollos sobre su origen, los utensilios —24 piezas— y la preparación. Antes el té se hervía como sopa, con cebolla, jengibre y sal; Lu Yu lo llamó «agua de acequia».

La torta prensada se muele y se bate con un batidor de bambú. En la corte se juzgan «combates de té» por lo blanca y firme que queda la espuma; el emperador Huizong escribe su propio tratado y hace de juez.

El emperador Hongwu elimina las tortas de té como tributo a la corte. China pasa a la hoja suelta, y en los montes Wuyi, trabajándola, llegan a la oxidación parcial y total: así nacen el oolong y el té rojo. La hoja pide otra vajilla y aparece el gaiwan.

El primer cargamento comercial lo trae la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Al principio es un lujo contado; los envíos regulares empiezan en 1637.

El embajador Vasili Stárkov le lleva al zar Miguel un regalo del Altan Kan mongol: cuatro puds de té. Los embajadores pidieron pieles de marta en su lugar; el kan insistió. Tras el tratado de Kiajta de 1727, el té entra a Rusia por la frontera de Kiajta durante casi dos siglos.
Colonos disfrazados de indígenas tiran al puerto de Boston 342 cajones de té de la Compañía de las Indias Orientales, en protesta por un impuesto sin representación. Uno de los empujones hacia la Revolución estadounidense.

El escocés Robert Fortune, disfrazado de chino, se mete en la China cerrada a los extranjeros y se lleva a la India más de 20 000 plantas y plantones de té. Todavía en vida suya, la India supera a China en producción de té.
Los veleros compiten hasta Londres con la primera cosecha. El «Cutty Sark» va adelante, pero pasado el estrecho de la Sonda pierde el timón en una tormenta y llega siete días después del «Thermopylae». El canal de Suez y los vapores pronto cierran la época de los clípers.

120 libras de semillas viajan desde Yokohama en el vapor «Anyo Maru» y se siembran en una hacienda de Huyro. La primera cosecha llega en 1915. Hoy el departamento del Cusco es el mayor productor de té del país.

Tras dos años de pruebas, el primer lote bueno de pu-erh de fermentación acelerada, y enseguida la producción en serie. Hoy el sheng y el shu se consideran igual de valiosos, solo distintos.

La UNESCO inscribe en su lista las técnicas y costumbres chinas del té: seis categorías, más de 2000 tés. En la misma sesión entra la cultura del té de Turquía y Azerbaiyán. En el mundo se producen 7,1 millones de toneladas al año; después del agua, es la bebida más tomada.
Toda la historia, en un rollo →
once paradas, sellos y piezas de museo
«El té de la maestría y el trabajo»: muchas infusiones cortas en un gaiwan o una tetera pequeña. Uno de los primeros registros de la palabra es de Chaozhou, en 1801; después confundieron los caracteres con 功夫, «kung fu», y las dos escrituras siguen vivas.
La tetera pasa en círculo sobre las tazas sin cortar el chorro, para que a todos les toque la misma fuerza. Las últimas gotas, las más intensas, se reparten una por una: es «Han Xin pasa revista a los soldados».
El chahai, 公道杯: ahí se vierte toda la infusión para que al primer invitado no le toque té aguado ni al último uno amargo. La jarra ya existía, pero llegó al centro de la mesa con el renacer taiwanés de la cultura del té.
La primera infusión es un lavado de 5 a 15 segundos y se bota (en el oolong, el té oscuro y el pu-erh). Luego, 8–10 segundos, y cada una 5 segundos más que la anterior. Casi hirviendo para los oolongs densos, el pu-erh y el rojo; para el verde y el oolong claro, 75–85 °C.
8–10 segundos
El emperador Huizong escribe el «Gran tratado del té»: el té se bate y la mejor espuma es la blanca. Se aprecian los cuencos negros jian: sobre el esmalte oscuro es más fácil juzgar la blancura. En Japón los llamarán «tenmoku», por el monte Tianmu, de donde los llevaban los monjes, y no por el lugar donde se horneaban.

El monje zen Eisai trae semillas de té desde China y le da una parte al monje Myōe: así empiezan los jardines de té de Uji. En 1211 Eisai escribe el «Kissa Yōjōki», el primer libro japonés sobre el té.
Sen no Rikyū lleva el wabi-cha —la belleza de lo simple e irregular— hasta una forma entera de ver el mundo. Su cuenco raku se modela a mano, sin torno, y cada uno sale distinto.

Cada invitado tiene su propio cuenco, con una espuma ligera encima.
No es espuma, es una pasta espesa. Se prepara un solo cuenco para todos y va pasando en ronda: cada uno toma 2 o 3 sorbos y lo pasa.